Aunque a ritmo desigual entre países y sin una tendencia lineal clara, desde la crisis financiera de 2008 se avanza en la financiarización de la economía, entendida como un aumento de la importancia relativa de los canales de financiación alternativos al sistema bancario. Las mayores exigencias regulatorias en materia de solvencia, en un contexto de tipos de interés muy reducidos, derivaron en una contracción, en las economías desarrolladas, del total del crédito bancario a familias y, sobre todo, a empresas. Fueron otros agentes (NBFI o intermediarios financieros no bancarios) quienes aprovecharon la oportunidad para ganar cuota, en especial en determinados sectores (como el tecnológico) y tipologías de proyectos (fases tempranas y más expuestos a intangibles) con mayor riesgo.

En estos últimos años hemos asistido a un aumento de la importancia relativa de los fondos de préstamo directo (direct lending). Estos vehículos financian a las empresas mediante préstamos, como si de un banco se tratara (de ahí su denominación de “banca en la sombra”). La diferencia más notable es su estructura de pasivo: no recurren a depósitos, sino al capital aportado por los partícipes, quienes asumen explícitamente los riesgos de crédito, de mercado y de liquidez inherentes a estos instrumentos.

Somos partidarios del desarrollo de esta tipología de fondos, más aún en un contexto de mayores necesidades de préstamo para financiar las enormes cantidades de inversión que se van a necesitar para desarrollar las nuevas tecnologías (entre ellas, la inteligencia artificial). No obstante, conviene atender a las dudas planteadas recientemente sobre el apalancamiento bancario de algunos de estos fondos. Con el objetivo de incrementar la rentabilidad para sus partícipes, algunos direct lending se endeudan a un tipo de interés inferior al que aplican en sus préstamos. En los balances bancarios figura la deuda asociada a estos fondos, aunque no frente a las empresas financiadas por ellos, sino frente al propio vehículo. Es correcto afirmar que el riesgo de crédito recae sobre el partícipe del fondo; sin embargo, en caso de materializarse pérdidas significativas hasta el punto de comprometer la capacidad del fondo para atender sus obligaciones, el riesgo de contagio sobre el sistema bancario sería evidente.

Esta preocupación está en línea con las conclusiones de un reciente informe de la Reserva Federal de Nueva York, que demuestra empíricamente cómo este nuevo ecosistema financiero no implica tanto una sustitución del riesgo fuera del sistema bancario como una transformación. Esta arquitectura provoca que, en episodios de estrés, los shocks sufridos por los NBFI se transmitan de forma inmediata a los bancos que les proporcionan liquidez. El estudio muestra que los bancos siguen siendo el proveedor último de liquidez del sistema, y que su exposición puede aumentar súbitamente cuando los fondos recurren masivamente a sus líneas de crédito. Es decir, el riesgo no desaparece, sino que se reconfigura.



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