
Durante décadas, la economía global fue un espacio regido por reglas, mercados y bancos centrales. La intervención en Venezuela recuerda, sin embargo, que el poder político y militar vuelve a entrar directamente en la ecuación económica, alterando precios, riesgos y alianzas económicas. La lucha contra la inflación en las economías avanzadas se ha librado tradicionalmente empleando los tipos de interés. Sin embargo, el episodio venezolano parece mostrar un cambio de enfoque para controlar uno de los componentes más inflacionarios como es la energía. Y en concreto, asegurar la oferta petrolífera mediante intervención directa. Aunque Venezuela hoy no es de los que más aporta al mercado mundial de petróleo, su potencial —si se reactiva— tiene efectos anticipatorios. La expectativa de que su crudo pueda reincorporarse a los circuitos occidentales presiona a la baja los precios y actúa como un estabilizador indirecto, favoreciendo el control de la inflación. No es tanto el barril real como el esperado en unos meses el que influye en los mercados. La geopolítica a la fuerza empieza así a complementar, y en algunos casos sustituir, a la política monetaria. Habrá que ver si esta estrategia afecta al fracking—modelo que también ha apoyado la administración americana— que requiere precios elevados del petróleo para ser rentable.
La intervención militar también redefine el concepto clásico de riesgo país. Hasta ahora, los mercados evaluaban sostenibilidad fiscal, balanza de pagos o estabilidad institucional. Ahora se añade una variable incómoda, como la vulnerabilidad geopolítica. Si los ingresos petroleros o de cualquier otro recurso natural pueden ser intervenidos o administrados externamente, la noción de soberanía económica queda debilitada. Esto no afecta solo a Venezuela. Otros países ricos en recursos naturales, con instituciones frágiles, verán encarecerse su financiación. El capital es especialmente sensible a precedentes, y este lo es.
La aceleración de la fragmentación financiera global también se acelera. La reacción de China y otros actores no occidentales apunta a una profundización del mundo por bloques. Venezuela era una pieza menor, pero simbólica, en el tablero de alianzas energéticas y financieras. Su salida forzada de la órbita china refuerza la lógica de sistemas paralelos con la financiación, comercio y energía cada vez más segmentados. Para los mercados emergentes, esto implica menos margen de maniobra y mayor dependencia de alineamientos políticos explícitos. La neutralidad económica se vuelve un lujo escaso. Y los problemas de desigualdad global pueden agudizarse. Europa parece librarse por ahora como muestra la favorable evolución de las bolsas y la colocación récord de bonos públicos y privados en los últimos días. El futuro, en cambio, con una Europa sentada en el diván, parece muy incierto.
En suma, Venezuela no es el centro de la economía mundial, pero sí un espejo deformante de hacia dónde se dirige. La gran lección económica no está en Caracas, sino en Washington, Pekín y los mercados financieros. La economía global entra en una fase donde la frontera entre política, finanzas y poder es cada vez más difusa. Y eso, para bien o para mal, ha venido para quedarse.






























