En 2014, cuando era presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen acudió una vez al estadio de los Yankees para pronunciar el discurso de graduación de los alumnos de la Universidad de Nueva York. Un reportero se puso a las puertas del templo del béisbol para preguntar a la gente aleatoriamente si sabían quién era Yellen y a qué se dedicaba la institución que encabezaba. Y resulta que la mayoría de esa gente no lo sabía a ciencia cierta. El común del pueblo, y este grupo incluye a personas formadas, no tiene muy claro qué hacen exactamente los bancos centrales, aunque impactan de forma directa en esa inflación que sí sienten a flor de piel y los intereses de los préstamos que pagan. Y aunque un asalto político a su dirección, como el que amaga Donald Trump, es una bomba de relojería, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.

Los bancos centrales son máquinas de fabricar dinero: fijar los tipos de interés implica abaratar o encarecer el coste de los préstamos, es decir, marcar el precio del dinero, lo que facilita el endeudamiento de Gobiernos y de empresas y familias y, por ello, estimulan la economía. Además, como se vio a partir de la Gran Recesión, tienen también la capacidad de compras directas de títulos de deuda pública y privada (en Estados Unidos se llamó Quantitative Easing, QE) o de subastar manguerazos de crédito a bajo coste. Y, en tercer lugar, sus simples palabras tienen efectos mágicos, como cuando Mario Draghi dijo que el Banco Central Europeo (BCE) haría “lo que fuera necesario” para salvar el euro. “Créanme, será suficiente”, apostilló. Y, como un abracadabra, los mercados dejaron de apostar contra la deuda pública europea. El programa de compras diseñado para esta crisis (OMT, eran las siglas) nunca se llegó a usar.

Pero era importante la coletilla, ese “créanme”. Si los mercados dudan de los bancos centrales, empiezan los problemas. Son los guardianes de la inflación y, en el caso estadounidense, también tienen mandato sobre el empleo. La independencia de un banco central actúa como colchón de seguridad entre la política monetaria y los ciclos electorales. Sin ella, esa política monetaria puede convertirse en un instrumento para políticas electorales de corto plazo. La Fed marca los designios del dólar y el dólar es la moneda global (significa el 58% de las reservas, domina los intercambios comerciales, las transacciones financieras o el mercado del petróleo, además de que hay economías que están directamente dolarizadas), así que de su estabilidad depende la estabilidad financiera global.

“Es mucho más popular recortar los tipos de interés que subirlos. En vísperas de elecciones, no es extraño ver a los bancos centrales no independientes bajar los tipos, animar la economía y calentar el mercado de trabajo, la inflación normalmente llega más tarde y los resultados de corto plazo pueden ser buenos, pero luego hay un ajuste de cuentas”, advertía la semana pasada precisamente Janet Yellen. “Lo que me da miedo”, añadía, “es que el presidente Trump ha pedido abiertamente tipos de interés en el 1% [ahora están en el 3,50%-3,75%] y, en ese caso, veríamos subir mucho la inflación y volver a algo como los años 70”.

El círculo infernal funciona así: cuando los inversores huelen que la política monetaria se decide en función de los intereses políticos, esperan tipos más bajos y, a la postre, inflación más alta. Esa expectativa eleva los intereses de largo plazo, que no dependen de los bancos centrales, lo que aumenta el coste de los créditos y merma la inversión.

¿Esa sacrosanta independencia evitó acaso la burbuja financiera de 2008 o la escalada inflacionista posterior a la pandemia? Touché. No lo hizo. Pero los datos son tozudos: según un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre decenas de bancos centrales en el periodo 2007-2021, los bancos con fuerte independencia (blindada por ley de riguroso cumplimiento) resultaron los más eficaces en el control de la inflación. En Turquía, por ejemplo, la presión de Erdogan por tener unos tipos bajos en 2021 hundió la lira turca y no fue hasta el regreso a la ortodoxia, en 2023, cuando se empezó a estabilizar la situación. En Zimbabue, la subordinación total de su banco central acabó produciendo ciclos de hiperinflación de entorno al 100.000% anual.

Pero Zimbabue queda muy lejos de sitios como Madrid, Buenos Aires o Fráncfort. Cuando el banquero central se llama Donald Trump el mundo entero debe contener el aliento.



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