Hay algo profundamente humano en querer participar de aquello que funciona. Y cuanta más gente participa, más probable es que siga funcionando. El sociólogo Robert Merton llamó a este fenómeno la profecía autocumplida, es decir, una creencia colectiva que se alimenta del comportamiento imitativo y acaba reforzando la tendencia.

Bolsas que no paran de subir, empresas tecnológicas batiendo récords trimestre tras trimestre, el oro en subida parabólica. El miedo a quedarse fuera es inevitable.

¿Alguna vez han hablado con un amigo que no quería ni oír hablar de invertir en Bolsa y que, de repente, nos cuenta que está ganando dinero con unos bitcoins o unas acciones de Nvidia? La narrativa es muy poderosa. Empresas que multiplican su valor en pocos meses o noticias que hablan de la gran revolución que nos viene. Sin embargo, nuestra alerta se activa porque, más allá de la euforia por ganar dinero, hay una pregunta más sencilla e íntima que convendría hacerse antes de invertir: ¿para qué?

Porque invertir sin un propósito es como navegar sin rumbo. Cuando todo sube, se confunde el viento a favor con habilidad. Cuando el temporal llega, uno se da cuenta de que quizá no tenía claro hacia dónde iba. Y es precisamente ahora, en este momento de optimismo generalizado, pero a la vez lleno de incertidumbre, cuando merece la pena recuperar ese para qué. Tener claro el rumbo nos permite tomar mejores decisiones y mantenernos firmes cuando las emociones arrecian.

La inteligencia artificial está desencadenando una transformación sin precedentes. No se trata solo de una nueva tecnología, es una reconfiguración profunda de cómo se trabaja y se toman decisiones. Las empresas que sepan integrarla podrían multiplicar su productividad de formas que hoy apenas entendemos.

Los grandes ganadores de los últimos años son de sobra conocidos: Nvidia, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, TSMC o Broadcom, entre otros. Pero, ¿quiénes acabarán siendo los mayores beneficiarios dentro de cinco, diez o veinte años? ¿Habrá sitio para todos? ¿Cuál será el impacto de la inteligencia artificial en el resto de sectores? Basta pensar en el duro correctivo que está aplicando el mercado a las empresas de software, que durante años han disfrutado de una posición competitiva envidiable, para aceptar la dificultad que supone adivinar quiénes serán los ganadores y perdedores de una tecnología que avanza y cambia cada día.

A veces, los ganadores los encontramos en los lugares menos evidentes. El inicio de 2026 es un buen ejemplo. Mientras los focos apuntaban a las grandes tecnológicas, los mejores comportamientos en Bolsa los están protagonizando compañías industriales, eléctricas, de materias primas o de energía. La razón no es casual. Los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial necesitan cantidades ingentes de electricidad, infraestructuras y recursos físicos. La economía real como beneficiaria inesperada de la economía digital. Hay vida más allá de la inteligencia artificial, y precisamente ahí reside una de las ideas más potentes de la diversificación.

Es paradójico que incluso los gigantes, que tienen los recursos más abundantes, diversifican. Microsoft es un buen ejemplo. Ha invertido en OpenAI, Nuance, Mistral AI o Inflection AI, y al mismo tiempo desarrolla sus propios modelos de IA. No apuesta todo a una carta, sino que amplía sus opciones en varios frentes. Ese debería ser también el espíritu del inversor disciplinado: no obligarse a adivinar quién gana, sino asegurarse de que, pase lo que pase, obtiene parte de la recompensa.

Invertir con cabeza exige, paradójicamente, cierta capacidad de no hacer. De resistir la tentación de comprar lo que sube con fuerza o vender lo que cae. Requiere aceptar que habrá momentos en los que otros parecen ganar más, y mantenerse tranquilo, recordando que el objetivo no es ganar siempre más que los demás, sino llegar al destino sin grandes sobresaltos.

Como decía Warren Buffett, “el mercado es un mecanismo para transferir dinero del impaciente al paciente”. Hay carteras que parecían muy rentables que se han hundido por asumir riesgos excesivos y carteras aparentemente aburridas que han prosperado por su consistencia. Esa consistencia también se apoya en una adecuada diversificación. Diversificar no es solo repartir el riesgo entre distintas clases de activo o geografías, sino aceptar que el mundo cambia sin avisar. Que lo que hoy parece intocable, mañana puede tambalearse.

Al fin y al cabo, la diversificación es un acto de humildad: reconocer que no existe la bola de cristal, que no se sabe quién será el próximo gran ganador y que un futuro incierto se afronta mejor con varios caminos abiertos.

De vez en cuando conviene sentarse y volver al origen. Revisar el plan, no la cartera. Recordar qué se quería conseguir cuando se empezó a invertir. A veces la respuesta se ha diluido entre gráficas, revisiones de cartera y titulares. Pero recuperar ese propósito, redefinirlo si hace falta, es el paso más importante para seguir construyendo riqueza con sentido.

Porque invertir no debería ser una fuente de ansiedad. No se trata de vivir pendientes de las cotizaciones o de perseguir cada nueva moda del mercado. Se trata, más bien, de construir una relación serena con el dinero, sabiendo que cada euro invertido responde a un propósito, y que el tiempo, más que cualquier otro activo, suele ser el mejor aliado. El buen inversor no es el que acierta más, sino el que elige bien su destino y sabe mantener el rumbo cuando el viaje se complica.



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