
Donald Trump reconoció que hasta ahora no sabía qué era una tarjeta roja, pero estaba muy convencido de que la mostrada a Folarin Balogun, el goleador de la selección de fútbol de Estados Unidos, era injusta. Ni siquiera era falta, concluyó, la gente choca y se lleva un pisotón, así es el deporte. Levantó el teléfono, habló con su amigo Gianni Infantino, capataz de la FIFA, adulador del presidente de EE UU y creador del premio FIFA de la Paz como una parodia del Nobel. Infantino llamó a su vez, inmediatamente, al presidente del Comité de Disciplina de la FIFA, el emiratí Mohamed al-Kamali, quien decidió en solitario, sin reunir al órgano, levantar la sanción de un partido a Balogun, a pesar de que el reglamento deja bien claro que ese castigo es “automático”. Fue un acto de justicia poética que no sirviera de nada la cacicada: Bélgica ganó 4-1 al combinado local en Seattle, y los vencedores se mofaron de Trump imitando su forma de bailar sobre el césped, en el vestuario y en las redes.































