¿Sirven las crisis para cambiar las ideas económicas y las políticas que perjudican la prosperidad económica y el progreso social? Sería deseable, pero no es inevitable. La historia del último siglo ilustra esta dificultad.

En medio de la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado, en un escenario de desempleo masivo y miseria, la ortodoxia económica sostenía que el Estado no debía intervenir. En ese contexto, el economista John Maynard Keynes nos ayudó a comprender que a las economías de mercado les sucede lo mismo que a las bombas de agua: cuando fallan es necesario cebarlas para que vuelvan a funcionar. Formado en la tradición ortodoxa de la escuela clásica, Keynes cambió de opinión para defender la necesidad de la intervención del Estado. Cuando fue acusado de cambiar de opinión, respondió de forma provocadora a sus críticos: “Cuando cambian las circunstancias, yo cambio de opinión. ¿Y usted qué hace?”. Ese momento keynesiano dio lugar a una nueva teoría económica que combinó mercado y Estado para lograr el pleno empleo y salvar a la civilización liberal del totalitarismo.

Esa combinación trajo los llamados “treinta gloriosos” años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial. Todo mejoró. Hasta que, coincidiendo con la crisis energética y económica de los setenta, las malas hierbas de la ortodoxia del mercado volvieron a florecer con el nombre de neoliberalismo. La retirada del Estado, la desregulación de los mercados, especialmente del mercado de trabajo, y la hiperglobalización provocaron desindustrialización y pérdida de buenos empleos en muchas comunidades y pequeñas y medianas ciudades antes prósperas. Las patologías de la desindustrialización están bien reflejadas en la película de Fernando León de Aranoa Los lunes al sol, rodada en Vigo, una ciudad que padeció esa pérdida de prosperidad industrial.

Contra lo que era de esperar, la gran crisis del capitalismo de 2008 no trajo un nuevo momento keynesiano. La ortodoxia del mercado reverdeció con la austeridad. La retirada del Estado de los servicios públicos fundamentales quebró el contrato social entre mercado y Estado. Y con esa ruptura llegó el apoyo a las formaciones autoritarias. La crisis de 2008 es la que define nuestra época. El desempleo, la miseria y el autoritarismo han retornado a las democracias liberales en estos nuevos años veinte. La historia no se repite, pero rima, como dice el adagio atribuido al novelista Mark Twain.

Cuando en noviembre de 2016 surgió la sorpresa del triunfo de Donald Trump, muchos se preguntaron cuál era la explicación. Raghuram Rajan, prestigioso economista de la Universidad de Chicago y exgobernador del banco central de la India, buscó la respuesta en un libro titulado The Third Pillar. How Markets and the State Leave the Community Behind. Los condados donde Trump había obtenido la diferencia de votos con Hillary Clinton para lograr la presidencia habían sido en aquellas comunidades que habían perdido más buenos puestos de trabajo con la desindustrialización y las importaciones desde China. Lo mismo había ocurrido unos meses antes con el Brexit en el Reino Unido.

¿Servirán las crisis de estos años veinte —­la covid-19 y la fragmentación de las cadenas globales de producción, la crisis energética europea provocada por la invasión de Ucrania por Rusia o la crisis geoeconómica desatada por el ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán— para aportar nuevas políticas e ideas que promuevan la prosperidad compartida y los buenos empleos? Parece que sí. Especialmente, en el terreno de la política industrial. El “América primero” del presidente Donald Trump y la “autonomía estratégica abierta” de la UE son dos ejemplos en el terreno de las políticas.

También en el terreno de las ideas parece que hay algo nuevo. Tras décadas de demonizar la política industrial y sostener el estribillo de que la mejor política industrial es la que no existe, el Banco Mundial se abre ahora a recomendarla. Pero me temo que lo hace de forma oportunista y con la boca pequeña, a la espera de tiempos favorables para el retorno de la ortodoxia. Es improbable que desde los organismos internacionales surjan nuevas ideas económicas. El motivo lo señaló el periodista y reformador social norteamericano Upton Sinclair cuando, en los años treinta del siglo pasado, afirmó que “es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Mi esperanza está en la aparición de un movimiento de académicos como Dani Rodrik, que están intentando formular una nueva teoría de la política industrial, con el Estado como actor estratégico en la identificación de los objetivos a largo plazo.

En todo caso, el retorno de la política industrial en la UE y en España tiene que servir para recuperar la prosperidad y los buenos empleos en los territorios y pequeñas y medianas ciudades de nuestro país. La ventaja de la política industrial es que mira a las personas como productores y trabajadores, no únicamente como consumidores. No sólo queremos consumir bienes y servicios baratos, sino también tener buenos empleos.

La nueva política industrial se diferencia de la vieja en su carácter estratégico y en los instrumentos que utiliza. No se trata de repartir subvenciones y exenciones fiscales. Se trata de potenciar las capacidades y fortalezas que existen en los territorios, coordinándolas y orientándolas a la innovación y a la creación de buenos empleos. He podido comprobarlo en la jornada anual del IND+I (industria e innovación) en la localidad barcelonesa de Viladecans. Se ha consolidado como un referente de pensamiento y acción en torno a la industria, la innovación y el desarrollo sostenible. Una industria que va más allá del perímetro tradicional para abarcar nuevas industrias estratégicas, entre las que hay que incluir la construcción, agricultura, viticultura, acuicultura, conservación del medio natural, el turismo o los cuidados, industrias donde la formación y la innovación pueden aumentar la productividad de los trabajadores y crear buenos empleos.

Los grandes programas de inversiones estratégicas industriales y de defensa que se anuncian en la UE y en España tienen que vincularse, mediante objetivos programáticos, a la promoción de la innovación y el empleo en los territorios. Las empresas beneficiadas por estos programas han de hacer una tarea similar a la que han hecho grandes empresas privadas localizadas en el territorio, como el caso de Inditex, Mercadona y otras, que han promovido la creación de una red de empresas proveedoras locales muy innovadoras y competitivas. Es el ámbito de estos ecosistemas locales donde se produce la innovación incremental que promueve la prosperidad territorial, como ha documentado la investigación del canadiense Dan Breznitz en Innovación en lugares reales. Estrategias para la prosperidad en un mundo implacable. De esta forma, el retorno de la política industrial servirá de palanca para recuperar el tercer pilar de la prosperidad. Una prosperidad que necesitamos también para sostener nuestro modelo de civilización liberal.



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