En el cuarto piso de un edificio sin ascensor en Sevilla, la cotidianidad de Yulitza Zambrano se mide en turnos de cocina y en el espacio exacto que ocupa una cama individual. A sus 39 años, esta venezolana gestiona una intendencia doméstica imposible. Comparte una habitación pequeña, diseñada para una sola persona, con su hijo de 16 años. “Él a veces llora, se pone triste porque quiere su propio espacio y se imagina otro hogar”, relata. Paga 450 euros al mes por este espacio, tras haber sufrido acoso y xenofobia por parte de un casero anterior que aprovechó su vulnerabilidad por ser migrante. En total, hay 10 personas conviviendo en cuatro habitaciones, con un solo cuarto de baño y un frigorífico cuya capacidad no alcanza para almacenar los alimentos de todos.

Seguir leyendo

Suyapa posa junto a su marido Denis y su hijo Otany, de 11 años, en la azotea del edificio donde tienen alquilada una habitación en un piso compartido en Sabadell.



Source link

Artículo anteriorComex aprobó un mecanismo para decidir la restricción de importación de mercancías hechas con trabajo forzoso | Política | Noticias