
En el mundo de la inversión en renta variable, por lo general conviene ser optimista. Al fin y al cabo, los precios de las acciones tienen un potencial alcista teóricamente ilimitado y han demostrado su resistencia ante los reveses recientes, como los aranceles. Pero, tras la guerra con Irán y la crisis energética asociada, la optimista actitud de los inversores en renta variable corre el riesgo de parecer ingenua. La apuesta implícita es que la crisis actual será pasajera y tendrá repercusiones económicas mínimas. Cualquier cosa peor podría provocar una venta masiva aún mayor.
Es cierto que los principales índices occidentales han caído desde el 27 de febrero, que fue el último día de negociación antes de que Estados Unidos e Israel iniciaran los ataques contra Irán. El Stoxx Europe 600 había bajado un 7,7% hasta el martes por la mañana, y el S&P 500 había caído un 7,8% al cierre del lunes.
Pero esos movimientos no son enormes en el panorama general. El S&P ha vuelto más o menos a su nivel de septiembre. El Stoxx Europe, por su parte, simplemente ha vuelto a los niveles de mediados de diciembre. El índice de referencia estadounidense cotiza a 20 veces los beneficios futuros, según las cifras de LSEG Datastream, lo que contrasta con un múltiplo medio de 16 desde marzo de 2006. El índice europeo se sitúa en 15 veces los beneficios futuros, frente a una media de 13 en los últimos 20 años. En ambos casos, la valoración actual se sitúa aproximadamente en el percentil 80 de ese periodo, lo que significa que las acciones tienen ahora un precio más elevado que en cuatro de cada cinco días de las últimas dos décadas.
Esto es difícil de conciliar con lo que está sucediendo en el ámbito de la renta fija, donde los inversores parecen estar esperando una fuerte crisis energética que obligará a los bancos centrales, como mínimo, a cancelar las bajadas de tipos previstas. Los precios de los derivados calculados por LSEG, por ejemplo, apuntan ahora a que la Reserva Federal de EE UU cerrará 2026 con tipos de interés sin cambios respecto al rango actual del 3,5% al 3,75%. A finales de febrero, esos mismos contratos descontaban recortes que habrían situado los tipos entre el 3% y el 3,25%. El panorama es aún más dramático al otro lado del Atlántico: según datos de LSEG, tanto el Banco Central Europeo como el Banco de Inglaterra podrían subir los tipos hasta tres veces este año.
Resulta desconcertante que las acciones occidentales tengan ahora un valor solo ligeramente inferior al de hace unos meses, cuando las expectativas de una política monetaria más flexible sustentaban unos múltiplos elevados. Un escenario en el que el crudo Brent se mantenga por encima de los 100 dólares por barril durante muchos meses y los bancos centrales suban los tipos sugiere, como mínimo, un menor gasto de los consumidores, si no una estanflación. En la crisis energética de 2022, por ejemplo, el S&P 500 cayó un 20% durante el año natural y se situó por debajo de 16 veces los beneficios futuros.
La desconexión entre los mercados de renta variable y de renta fija refleja un debate de 2021, cuando responsables de la política monetaria como Jerome Powell, de la Fed, afirmaron que la inflación pospandémica era “transitoria” y, por lo tanto, en gran medida ignorable. La mayoría de los responsables de los bancos centrales abandonaron esa opinión al año siguiente y, en su lugar, aplicaron enérgicas subidas. El riesgo es que los mercados bursátiles se enfrenten a un giro de 180 grados igualmente doloroso en poco tiempo.
Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías






























