
Esta semana he caminado durante tres días por los pasillos de Alimentaria 2026 en la Fira de Barcelona. No he ido de turismo ferial: me he centrado en visitar empresas españolas para descubrir productos, envases, sabores y, sobre todo, para tomar el pulso real al potencial exportador nacional. La pregunta que me acompaña desde hace años sigue siendo la misma: ¿por qué el mundo no está lleno de productos españoles, siendo que su calidad es fantástica y sus sabores únicos? Pues bien, hoy puedo decir con evidencia de terreno que eso va a cambiar. Y a corto plazo.
Quienes me leen con regularidad saben que por lo general hablo de nudos que desatar, de riesgos que vigilar y de errores que cuestan dinero. Es parte de la profesión: diagnosticar antes de recetar. Sin embargo, esta vez quiero romper la costumbre. Lo que traigo de Alimentaria son buenas noticias. Muy buenas. Y en un momento donde compartir evidencia positiva es más valioso que señalar lo que falla. Quizá más, porque las buenas noticias bien contadas inspiran acción.
El 80% de los fabricantes que he visitado están listos para salir al mundo. Han invertido tiempo, dinero y rigor en obtener las certificaciones que abren puertas internacionales: IFS, BRC, FDA, orgánicas, kosher, halal. La idea de limitarse a abastecer el mercado nacional fue, por primera vez en mi experiencia, la excepción. Eso, en un país donde el “ya nos va bien aquí” había sido la respuesta por defecto, es un cambio de mentalidad que vale más que cualquier subvención.
Me ha llenado de ilusión comprobar que las instituciones están haciendo su parte. ICEX España Exportación e Inversiones ha convocado a compradores de las principales cadenas minoristas de diferentes países, especialmente de Estados Unidos, encabezados por Jeffrey Shaw, delegado de ICEX en Nueva York. Importadores y distribuidores internacionales se paseaban por los pasillos con agendas llenas. No eran visitas de cortesía: venían a hacer negocio. Cuando las instituciones hacen bien su labor de puente y las empresas tienen el producto en regla, la feria se convierte en mesa de contratación.
Y luego está la cantera. Start-ups que nacen con vocación internacional desde el minuto cero. Tacho, una crema dulce de pistacho que es sencillamente adictiva: el tipo de producto que uno prueba y piensa “¿cómo es posible que esto no existiera antes?”. Libertine Bends, un proyecto de dos hermanas que han desarrollado una línea de cócteles preparados, con y sin alcohol, con una calidad y un diseño que ya quisieran marcas consolidadas. Lo más revelador: ambas marcas no se plantean conquistar primero España para luego salir fuera. Su plan es producir directamente para mercados internacionales. Ese cambio de chip, si se consolida, es revolucionario.
También he observado el fenómeno inverso: inversión extranjera que elige España como plataforma. Franui, la marca argentina conocida por sus frambuesas bañadas en chocolate, se ha instalado en nuestro país para reproducir localmente un caso de éxito sudamericano y crecer desde aquí hacia toda Europa. Que empresas internacionales vean en España no solo un mercado de consumo sino una base de producción continental dice mucho del momento que vivimos. España ya no es solo destino; se convierte en trampolín.
Y, si hay un producto que me tocó especialmente la fibra, fue el aceite de oliva. Más de cien iniciativas presentes en la feria, con reconocimientos internacionales, una cata espectacular de variedades y unos diseños de envase que por fin están a la altura de lo que contienen. España produce cerca del 45% del aceite de oliva del mundo, según el Consejo Oleícola Internacional. España es el mayor productor del planeta. Y, sin embargo, durante décadas se había tolerado que otros compraran aceite a granel, lo envasaran con su bandera y se llevaran el reconocimiento y el margen. El aceite español ha sido el motor; el volante y el aplauso se los han llevado otros. Pues eso se acabó. Marcas propias, denominaciones de origen potentes, narrativa sofisticada y una calidad que habla por sí sola.
Muchos pensarían que las tensiones geopolíticas, los aranceles de Trump y los muros regulatorios paralizarían todo esto. La experiencia operacional demuestra lo contrario. La vida sigue, los consumidores premian la calidad y los compradores que recorrían Alimentaria mantienen su compromiso de llevar a sus clientes lo mejor disponible, porque los productos hablan por sí solos. Detrás de los titulares hay exenciones, reclasificaciones, reglas de origen y acuerdos bilaterales que, trabajados con método, rebajan notablemente el impacto real. Quien opera con datos y disciplina navega la tormenta; quien se guía por titulares, se queda en puerto.
España tiene ante sí una oportunidad histórica. El producto está, la calidad es indiscutible, las certificaciones están en regla, la voluntad exportadora es real y las instituciones empujan. Si dejamos de vender en bidones anónimos, los productos españoles lucirán su nombre y su margen en cualquier estantería de Chicago, Tokio o São Paulo.
No es poesía: es contabilidad. Y, después de lo visto esta semana en Barcelona, tengo la certeza de que llegarán. Y llegarán pronto.






























