Europa ya siente los efectos de la guerra en Oriente Próximo, y cruza los dedos para que no se cumplan los peores presagios. El viernes el Banco de España lo puso negro sobre blanco: su escenario central de previsiones no es catastrófico, incluso eleva una décima respecto a la estimación anterior el crecimiento de este año, hasta el 2,3%, gracias al plan de respuesta a la crisis. Pero este no evitará una inflación que, en promedio, rondará el 3% en 2025. Es la misma cifra que anticipó la OCDE un día antes. El supervisor español avisa, eso sí, que a poco que la ofensiva contra Irán se prolongue, los precios se encarecerán un 3,9%. Y en un escenario catastrófico, con el Brent a 145 dólares, la inflación media rozará el 6%.

La realidad es que el fantasma de la inflación ya ha vuelto. El INE constató esta misma semana que la variación del IPC en España en marzo, según el indicador adelantado que deberá confirmarse próximamente, avanzó al 3,3%. En febrero estaba en el 2,3% y con perspectivas de bajar hasta situarse dentro del objetivo que fija el Banco Central Europeo (cerca del 2%, sin superarlo).

El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero cambió por completo esa situación. La respuesta iraní, extendiendo el conflicto a otros países de Oriente Próximo y provocando un estrangulamiento del estrecho de Ormuz, ha encarecido los mercados energéticos. Lo notan especialmente los países que son más dependientes del petróleo y el gas que se extraen en la región. España, pese a contar con alternativas y un sistema eléctrico con un fuerte componente renovable, no se escapa: el propio Ministerio de Economía admitió que el repunte inflacionista de marzo responde al encarecimiento de los carburantes.

El Gobierno reivindica que ya ha puesto medidas paliativas y las previsiones del Banco de España parecen darle la razón al reconocer que el paquete fiscal para aliviar los precios de los combustibles y la luz, entre otras medidas, ayudará a estimular la economía. Pero está por ver si será suficiente. Y, de no serlo, si habrá margen para mucho más. La propia Comisión Europea, a través de su vicepresidente Valdis Dombrovskis, avisa de que la situación no es comparable a las crisis por la invasión rusa de Ucrania o la pandemia. Estas ya obligaron a un esfuerzo fiscal extra, lo que ahora estrecha las posibilidades, dice Bruselas. Así que Europa, que asiste de perfil al conflicto, a lo máximo que aspira es a desear que acabe rápido.



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