El aumento de los costes energéticos de la guerra ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán desatada el pasado 28 de febrero ya golpea a los ciudadanos. En apenas ocho días, los precios del gas y del petróleo han subido un 48% y un 14%, respectivamente, según Funcas. Aunque este centro de análisis es cuidadosamente prudente a la hora de sacar conclusiones, no deja de advertir que tras los ataques, “los precios energéticos se han tensionado abruptamente, amenazando con desencadenar una espiral inflacionaria similar a la que surgió a raíz de la guerra de Ucrania”.

Los costes energéticos afectan especialmente a las actividades intensivas en energía, el transporte y la producción de fertilizantes con un impacto directo en la agricultura y los alimentos. Pero el encarecimiento no afecta a todo el mundo por igual. Como ha recordado la vicepresidenta de la Comisión Europea, Teresa Ribera, “para los hogares con menores ingresos, la energía representa una parte muy significativa del gasto mensual”. Por ello, aboga por “medidas específicas a corto plazo que amortigüen el impacto sobre determinadas regiones, sectores y los hogares más vulnerables”.

La vertiginosa velocidad de la transmisión de los precios exige medidas rápidas. Hay que impedir que se repitan alguna pautas de la crisis anterior, que registró una muy rápida traslación de los precios en la subidas y en cambio un comportamiento muy lento durante las bajadas. Los supervisores deben impedir las ganancias especulativas. El conflicto atrapa a Europa con un bajo nivel de reservas de gas (menos del 30% de la capacidad) lo cual favorece la especulación. España se encuentra mejor equipada con un almacenamiento que supera el 50%.

Mientras se especula sobre las verdaderas razones de esta agresión, lo que sí sabemos es que en el ataque a una escuela primaria para niñas en la ciudad de Minab, al Sur de Irán, murieron al menos 175 personas, en su mayoría alumnas de la escuela, según Democracy Now!. Un drama que por si solo ya ilustra la magnitud del desastre humanitario causado. En esta publicación estadounidense independiente, los periodistas Amy Goodman y Juan González recogen el análisis del economista Michael Hudson, autor de Matar al huésped. Como la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global (Capitán Swing), que reflexiona sobre las raíces de la guerra.

El profesor de Economía de la Universidad de Misuri explica que “el motivo por el cual Estados Unidos atacó a Irán no tiene nada que ver con que pudiera tener una bomba atómica”. En su opinión, “el objetivo [del ataque] era el control por parte de EE.UU. del petróleo de Oriente Próximo. Probablemente, el Gobierno de Trump quiere asegurarse de tener la capacidad de cortar la energía a los países que no se alineen con la política exterior de Estados Unidos”.

Tanto en sus orígenes como en sus consecuencias estamos frente a un desastre humanitario con importantes motivaciones económicas y especulativas. Sus efectos solo se pueden afrontar desde una Europa que supere sus divisiones, una regulación más estricta y con medidas que protejan directamente a los perdedores de esta guerra.



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