Solo en 2026 cuatro grandes empresas tecnológicas (Amazon, Google, Meta y Microsoft) invertirán la friolera de 665.000 millones de dólares en la IA (sobre la que planearía como una mala sombra una burbuja que estaría a punto de estallar, según las malas lenguas). Amazon prevé invertir 200.000 millones de dólares, Alphabet, la matriz de Google, planea un desembolso de 185 millones de dólares, Meta invertirá 135.000 millones de dólares y Microsoft pondrá sobre la mesa 145.000 dólares. La cifra combinada de 665.000 millones dólares (que se destinarán principalmente a centros de datos e infraestructuras asociadas) duplica prácticamente los números de 2025.

A la luz de tan colosales cifras, algunos temen que pueda estar formándose una burbuja en la industria de la IA y que esa burbuja pueda estallar más pronto que tarde. Aunque en los mercados bursátiles la «baraka» sonríe (al menos por ahora) a las «Big Tech», muchos no pueden evitar preguntarse si el «boom» de inversión nacido al calor de la IA se traducirá realmente en beneficios o se irá, por el contrario, por el sumidero sin arrojar resultados verdaderamente tangibles.

Puestos convenientemente en perspectiva y comparados con datos históricos, los 665.000 millones de dólares que Amazon, Google, Meta y Microsoft invertirán en la IA solo durante este año representan el 2% del PIB en Estados Unidos en 2025. Una cifra que se queda aún bastante lejos de la que tiene la vitola de ser la inversión más importante de la historia, la acometida en el siglo XIX para expandir el ferrocarril en Estados Unidos, que equivalió al 20% del PIB del país norteamericano, tal y como recoge Spiegel.

En 2026 Amazon, Google, Meta y Microsoft invertirán 665.000 millones de dólares en la IA

Conviene, no obstante, hacer notar que Amazon, Google, Meta y Microsoft no son, en modo alguno, las únicas compañías que están invirtiendo a lo grande en la arena de la IA, un mercado que se está tornando, no en vano, cada vez más concurrido.

Hace no mucho la sola mención de la IA servía para catapultar hasta el infinito y más allá el valor de los títulos de las «Big Tech» en la bolsa. Sin embargo, el sentir de los inversores no está hoy en día tan preñado de algarabía. Y desde que Amazon, Google, Meta y Microsoft presentaran sus últimos resultados trimestrales a finales de enero, han perdido colectivamente más de 950.000 millones de dólares en capitalización de mercado (pese a presentar datos de récord). Google, sin ir más lejos, generó en el cuarto trimestre de 2025 unos beneficios de 34.500 millones de dólares y su facturación se disparó un 14% hasta los 1,6 billones de dólares en todo el año en su conjunto.

Tan envidiables cifras no pueden disipar, no obstante, las dudas de los inversores sobre los ambiciosos planes de inversión de las «Big Tech» y sobre las promesas (probablemente infladas) que trae consigo la IA.

La debacle en la bolsa ha golpeado con fuerza particularmente a Microsoft. Con una caída del 10% la empresa de Redmond ha registrado su mayor declive en los parqués bursátiles en un solo día desde el año 2020. A ese desplome habría contribuido que el 45% de todos los contratos de Microsoft en el importante negocio de la computación en la nube provienen de OpenAI (una empresa de la que el gigante del software sigue teniendo una gran dependencia a día de hoyu en el ramo de la IA).

No obstante, y pese a las caídas de los últimos días, Amazon, Google, Meta y Microsoft tienen un valor combinado de mercado de más de 3 billones de dólares. Así y todo, y pese a ser cuatro empresas muy saneadas en el plano financiero, la feroz carrera de la IA está consiguiendo lo que otrora se antojaba a bote pronto imposible para estos cuatro titanes de la tecnología: que su flujo de caja libre esté menguando peligrosamente.

Todo apunta a que se está formando una IA en la industria de la IA

En la industria de la IA las decisiones directamente emparentadas con la inversión se toman a un ritmo absolutamente frenético que parece guiarse por la mentalidad «Winner takes it all». Y todos quieren pertrecharse de los mejores modelos de IA, los mejores datos, los mejores chips y los mejores centros de datos antes que nadie para dejar atrás a eventuales rivales. En este contexto no invertir en la IA se perfila, de hecho, como el mayor riesgo.

Sin embargo, si cientos de miles de millones se invierten cada año en la IA, tan generosa inversión necesita traducirse en resultados para que se mantenga la confianza de los inversores. Ben Snider, analista de Goldman Sach, ya advierte que con una inversión anual media de 500.000 millones de dólares, las empresas tecnológicas tendrían que generar beneficios anuales de más de un billón de dólares para agasajar con los retornos habituales a los inversores. Y esta cifra duplica las ganancias de 450.000 millones de dólares que se esperan durante este año en el ramo de la tecnología.

A día de hoy los retornos que genera la IA no están en modo alguno a la altura de las galácticas inversiones que atrae esta tecnología. No en vano, solo el 10% de los 900 millones de usuarios de ChatGPT, líder en el mercado de la IA, accede a esta herramienta mediante suscripciones de pago.

Y ni siquiera los clientes corporativos están 100% seguros del valor puesto sobre la mesa por la IA. De acuerdo con Financial Times, la mayor parte de las 500 empresas más grandes que cotizan en bolsa en Estados Unidos no puede explicar qué valor aporta específicamente la IA a su negocio.

La respuesta a si los 665.000 millones de dólares que Amazon, Google, Meta y Microsoft invertirán este año en la IA se traducirá o no en brotes verdes la conoceremos probablemente solo dentro de unos cuantos años.

Lo que ya sabemos a día de hoy es que la inversión masiva en una tecnología relativamente joven (y el crecimiento absolutamente trepidante de los títulos de algunas empresas tecnológicas en la bolsa) apuntan en efecto a una burbuja. La buena noticia que si la burbuja de la IA terminara efectivamente estallando, el desastre no conseguiría probablemente hacer mella en Amazon, Google, Meta y Microsoft (pero sí podría llevarse por delante a empresas mucho menos robustas en el plano financiero).



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