
Entre made in Europe (fabricado en Europa); buy european (compre productos europeos); o european preference (preferencia europea) hay diferencias. Pero también una peligrosa ilación en secuencia creciente. El made in Europe identifica y pone en valor la calidad diferencial del producto. El buy in Europe da un salto hacia la presión endogámica. Y la “preferencia europea”, aclaremos qué significa.
Muchos no adoptan ese lema como una opción de preferencia en igualdad de condiciones, que sería aceptable para dirimir en caso de duda entre productos o servicios equivalentes de distinta procedencia. Sino como quiebra total del principio de “igual trato básico” para los productos locales y los importados tras pasar la aduana. Y que reverbera en la cláusula de “nación más favorecida”, que obliga a extender a todos los demás las facilidades dadas a otro socio. Esta es una gran regla del libre comercio civilizado desde que existió en forma organizada.
Pues bien. Esa secuencia desde afirmar lo propio hasta negar lo ajeno es similar a la de la evolución desde la “protección” de la economía propia (algo asumible), hasta el “proteccionismo” excluyente de los demás (pura bazofia). Incluso el proteccionismo puede ser eficaz con limitaciones y condiciones propias de la excepcionalidad.
A saber: que se implante para un territorio en desventaja de partida, por vulnerable ante el intercambio libre; si es temporal (y no en su versión españolísima: eterno); ante una crisis o situación límite; si es para favorecer el desarrollo de una tecnología o industria en fase embrionaria (take off); si es selectivo para un producto o rama (no universal); y que la ventaja otorgada a empresas locales, estas las compensen cumpliendo su parte: invertir, invertir, invertir. De forma que los consumidores, que ganan cuando se importa más barato, y pierden si deben comprar nacional más caro, compensen a medio plazo la pérdida de aquel beneficio.
Excusen el recordatorio de este prontuario. A quienes más conviene es a los dirigentes europeos, que están afiliándose a la protección (e incluso al proteccionismo), pues es más fácil agruparse contra el ajeno que resolver litigios internos. Bien con la sana intención de reconsiderar tratos desiguales, generosos, sin contrapartidas: ingenuos. Bien con las muelas retorcidas de desquitarse a malas por los excesos proteccionistas de EE UU (la brutalidad arancelaria) o China (la vía soterrada de costes laborales artificiales a la baja y subvenciones públicas al alza).
Cuidado. Porque además el proteccionismo chirría o choca con la magnífica estrategia actual de trenzar una extensa red de tratados comerciales, que reducen los aranceles. ¿Va a buscar Europa parecidos efectos a estos por la puerta trasera, destruyendo su credibilidad?
Un ejemplo de lo razonable: la protección a las baterías eléctricas propias, una actividad embrionaria y vulnerable en la UE. Y en similar sector tecnológico, de lo impresentable: las ayudas a la fabricación de placas solares, que empezó más o menos igual que en China y va perdiendo la carrera por no compensar su mayor coste laboral con mejor inversión tecnológica. Las soluciones son sofisticadas. Solo la tontería es simple.






























