
Los recientes tratados comerciales de la UE profundizan su relación con los socios mayores del grupo semi-no-alineado de los BRICS: Brasil (a través de Mercosur) y la India se añaden al pacto de libre comercio firmado en 1999 con Suráfrica y ampliado luego a sus vecinos. Y se flanquean de otros trabados con diversos socios occidentales (Canadá, Japón, Australia), pertenecientes al grupo transpacífico.
Todo ello alimenta, casi en sordina y empezando por lo económico, el propósito de una alianza entre “potencias medias” como alternativa a un “mundo de fortalezas” refractarias entre sí. En la línea propugnada en Davos por el canadiense Mark Carney.
Y que ha seducido tanto a dirigentes políticos como a una pléyade de analistas relevantes. Como Anne-Maie Slaughter, de New America (“Es la hora de las potencias medias”, Project Syndicate); Martin Wolf, (“La realidad de un mundo tras la ruptura”, FT,) o Manuel Alejandro Hidalgo “Carney: el barquero y sus verdades”, Cinco Días).
La red de pactos antiproteccionistas bilaterales existentes (horizontales) es ya densa. Puede afrontar nuevos pasos para resucitar o rescatar al comercio multilateral. No solo es factible, también necesario.
El primer mandato Trump congeló la Organización Mundial del Comercio (OMC), impidiendo la renovación de los paneles arbitrales al morir, jubilarse o acabar su período los árbitros profesionales que fueron pilar de su mecanismo de solución de disputas.
Y en este segundo mandato entierra esa función, de facto sustituida por sus propias decisiones personales y unilaterales. Que han cancelado la triple esencia de la OMC: la cláusula-argamasa de la nación más favorecida (NMF, o en inglés MFN, Most Favoured Nation, por la que las mejoras de acceso comercial concedidas por un socio a otro se aplican a los demás); la estabilidad normativa y la obediencia a las decisiones de los árbitros.
Este cul de sac deja cojos a los múltiples pactos liberal/progresistas enhebrados. Claro que disponen de instancias para dirimir sus litigios. El de la UE con Suráfrica fijaba un doble escalón: primero, un intento de mediación; segundo, el arbitraje bilateral. El de la UE con Mercosur (artículo 21) es muy redondo. Pero estos y los demás carecen de un organismo permanente con autoridad globalmente reconocida al que recurrir; del consiguiente incentivo a la disciplina que supone una palanca superior a la buena voluntad de las dos partes: la “presión de los pares”, o sea de otros socios; y del potencial de la cláusula NMF.
Los políticos, encabezados por los europeos a los que llamamos Bruselas, deberían empujar el proceso de resurrección o rescate de la OMC: convocar cuanto antes un foro plural para tantear la mejor estrategia. Disponen de diagnósticos para reformarla. O para crear otra de nuevo cuño, sin el poder del líder que la ha esterilizado. Es un dilema similar al de la OTAN, pero más practicable, pues el comercio suele ser menos brutal que la defensa. Los más aficionados pueden rastrear las tesis de Petros Mavroidis y de Ignacio García Bercero en el sitio del think-tank europeísta Bruegel.































