Vamos a tener que hablar con España”, dijo ayer Donald Trump en Davos. “No sé qué está pasando. Conseguí compromisos de todos los aliados de la OTAN (para invertir en defensa el 5% del PIB). Todos, menos España”. Quizás la explicación esté en la balanza comercial entre los dos países, que hace que la amenaza arancelaria de la Casa Blanca sea más inocua aquí. Los datos de comercio exterior de los once primeros meses del año pasado señalan que España incrementa las importaciones totales un 4,5%, un 7,8% las de Estados Unidos, y el conjunto de las exportaciones suben un 0,6%, pese a la caída del 8% de las ventas al país de Trump. Esto lleva a que el déficit comercial de España crezca un 42%, hasta 51.481 millones, de los que 12.819 millones (+35%) son con EE UU.

Estos números ponen de manifiesto que los empresarios españoles han sabido buscar otros mercados para sustituir las menores compras de los estadounidenses, por eso, aunque se venda menos a EE UU, el conjunto de exportaciones no cae. El déficit en el comercio con este país hace que los aranceles sean un arma de corto alcance para amedrentar a España, al contrario de lo que sucede con las otras grandes economías de la Unión Europea (Alemania, Francia e Italia), que tienen elevados superávit comerciales con la superpotencia americana. De hecho, las ventas de productos a Estados Unidos no suman ni el 5% de las exportaciones totales de España, pero superan el 20% para la media de la UE.

Quizás esto justifique que el presidente Pedro Sánchez haya estado entre los más contundentes en no asumir las exigencias de Trump en gasto militar. Todo esto al margen de cuestiones ideológicas y de que España necesita dedicar muchos recursos a otros sectores. Basta con seguir el debate abierto sobre la situación de las infraestructuras ferroviarias a raíz de los recientes accidentes.

Resulta especialmente llamativa la firmeza con la que este Gobierno está dejando fuera del gasto en militar a las empresas de matriz estadounidense. Esta semana, se ha presentado un informe que señala que el 90% de las adjudicaciones de compras de defensa realizadas en 2025 fueron a parar a cuatro empresas, Airbus, Indra, Navantia y Escribano, las tres primeras participadas por el Estado y la cuarta con un plan inconcluso de integración en Indra. “Compañías españolas históricas del sector, como Urovesa, Instalaza, Santa Bárbara, Oesía y Sapa, han recibido en conjunto el 2,8% del gasto”, remata el mencionado estudio, elaborado por Opina 360.

Esta empresa de análisis de opinión pública pertenece a Iván Redondo, exsecretario de Estado de Comunicación de Pedro Sánchez y asesor, entre otras empresas, de Santa Bárbara, compañía perteneciente a General Dynamics (Estados Unidos) desde que en 2001 se la vendiera el Estado español. Este vínculo Redondo-Santa Bárbara evidencia la oportunidad de un estudio que no hay que despreciar, puesto que ha sido elaborado con datos del Portal de Contratación del Estado, pero sin duda forma parte de la munición que Santa Bárbara está empleando contra su exclusión por parte del Gobierno. La filial española del fabricante americano de armamento ha recurrido esta situación ante los tribunales, ya que considera que se están adjudicando contratos a empresas como Indra y Escribano sin que tengan capacidad para fabricar los productos a los que se han comprometido. Quizás la estrategia sea provocar que General Dynamics ceda y venda Santa Bárbara a Indra, la gran apuesta de este Gobierno para crear un jugador español en la industria de defensa.

Los últimos movimientos en el sector en España muestran cómo, además, se busca la asociación con empresas europeas similares, lo que apuntaría a la sustitución de las controladas por Estados Unidos. El enfrentamiento entre Indra-Escribano y Santa Bárbara dificulta, además, el desarrollo de TESS Defence, el proyecto conjunto para fabricar el blindado sobre ruedas 8×8 Dragón, que tiene un enorme contrato que cumplir con el Ejército español. Esto explica que Indra esté manteniendo ya conversaciones con la alemana Rheinmetall (fabricante del tanque Leopard) y la italiana Leonardo, compañías que firmaron hace un año una alianza para el desarrollo de nuevos carros de combate.

Por tanto, la presión de Trump sobre Europa y, particularmente sobre España, para incrementar el gasto en defensa, pero, sobre todo, para que se les compre a ellos el armamento, está teniendo un impacto que seguramente no es el esperado. La transformación de Estados Unidos de socio a amenaza para Europa ha espoleado la inversión en defensa, pero también está forzando la creación de grandes empresas europeas y a alianzas entre competidores y, como se ve, a que se desliguen de la tecnología americana en la medida de lo posible.

No obstante, aunque España sea un tanto inmune a los aranceles de Trump, necesita conservar la buena amistad con Estados Unidos para mantener engrasada la relación en materia de seguridad, dada su brutal influencia global y muy especialmente sobre Marruecos, la frontera sur de España y Europa. Todo ello al margen de lo que, al menos hasta ahora, implica la pertenencia de ambos países a la OTAN.

Hace un año del arranque del segundo mandato de Donald Trump y es imprevisible saber cómo va a terminar. Su osadía le ha llevado a decir que lo está haciendo tan bien que igual no es necesario que haya elecciones intermedias en noviembre. Este tipo de aseveraciones, sumado al asalto a Venezuela y el amago de tomar Groenlandia, han llevado a que otros líderes internacionales empiecen a abandonar el lenguaje complaciente y buenista con Trump, para emplear palabras más gruesas.

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, que debería ser el más temeroso por ser frontera, está resultando ser el más duro e inspirador. Su discurso en Davos, muy crítico con la falta de principios de Trump, logró un largo aplauso. “El orden basado en normas se está desvaneciendo. Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Y, ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a apaciguar para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que la docilidad les garantice la seguridad. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza. Vamos a duplicar nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos haciendo de manera que se fortalezcan nuestras industrias nacionales”. No hay que arrugarse. Como dice Carney: “Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”.



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