Hay quien sostiene que importa más el dato que el relato. Según esta versión, el Banco Mundial (BM) ha revisado al alza las previsiones de crecimiento de la economía mundial para este año, cuando espera un avance del 2,6%, dos décimas más que los cálculos difundidos en verano. Y sitúa en el 2,7% el desempeño para el próximo ejercicio, una décima más de las proyecciones iniciales, según el último informe Perspectivas Económicas Mundiales del Banco Mundial.

El documento del organismo multilateral con sede en Washington insiste, sin embargo, en poner el énfasis en el relato: la historia que cuenta la institución presidida por Ajay Banga es que, en general, la economía global ha resistido a las perturbaciones posteriores a la pandemia, como la invasión rusa de Ucrania y la guerra comercial. Pero los países ricos lo han hecho mejor que las economías en desarrollo. Y aunque mejora su pronóstico global para los dos próximos años, advierte de que el crecimiento es insuficiente para que los países emergentes reduzcan la brecha con las economías avanzadas y mejoren las condiciones de sus ciudadanos.

La mejora de las proyecciones, explica el Banco Mundial, se debe al tirón de Estados Unidos, que gracias al dopaje de las inversiones en Inteligencia Artificial (IA) está acelerando, y a la previsión del sector empresarial. Las compañías se aprovisionaron antes de la entrada en vigor de los aranceles, evitando el primer golpe. Pero el Banco Mundial también cuenta que el crecimiento global es magro y lánguido, con una Europa que no es capaz de afrontar sus desafíos, que los factores que permitieron digerir el golpe arancelario el año pasado se están difuminando. Y que los países en desarrollo necesitan reformas porque su crecimiento es insuficiente. “Si estos pronósticos se cumplen, la década de 2020 se encamina a ser la más débil para el crecimiento mundial desde la década de 1960″, señala. “Es un ritmo insuficiente para reducir la pobreza extrema y crear empleos donde más se necesitan”.

“Con cada año que pasa, la economía mundial se ha vuelto menos capaz de generar crecimiento y, aparentemente, más resiliente a la incertidumbre política”, afirma Indermit Gill, economista jefe y vicepresidente sénior de Economía del Desarrollo del Grupo Banco Mundial. “Sin embargo, el dinamismo económico y la resiliencia no pueden divergir por mucho tiempo sin fracturar las finanzas públicas y los mercados crediticios”, advierte este economista.

El Banco Mundial espera que en los próximos años la economía mundial crezca a un ritmo más lento que en la convulsa década de los noventa, al tiempo que la deuda pública y privada está en niveles récord. “Para evitar el estancamiento y el desempleo, los gobiernos de las economías emergentes y avanzadas deben liberalizar enérgicamente la inversión y el comercio privados, controlar el consumo público e invertir en nuevas tecnologías y educación”, abunda Gill.

Los desafíos de los emergentes

El relato que pone de manifiesto la institución es que los países menos desarrollados están crecimiento a un ritmo insuficiente para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos y recortar la brecha de riqueza con las economías más avanzadas.

La lentitud del crecimiento está ampliando la brecha en los niveles de vida a nivel mundial: las economías avanzadas se han recuperado con consistencia, con casi el 90% por encima de los niveles de renta per cápita previos a la pandemia. Sin embargo, más de una cuarta parte de las economías de mercados emergentes y en desarrollo, en particular los países de bajos ingresos y los afectados por la fragilidad y los conflictos, aún tienen rentas per cápita inferiores a los niveles de 2019. “A finales de 2025, casi todas las economías avanzadas disfrutaban de ingresos per cápita superiores a los de 2019, pero aproximadamente una de cada cuatro economías en desarrollo tenía ingresos per cápita inferiores”, señala.

El informe de perspectivas del Banco Mundial, el organismo que está enfocado en el desarrollo de los países con menos ingresos, analiza con luces largas la situación de los países emergentes y en desarrollo. Explica que durante las décadas de los noventa y principios del siglo XXI los países emergentes emprendieron reformas fiscales y estructurales. Cuando llegó la Gran Recesión, en 2008, les pilló mejor preparados y lograron gestionar mejor aquella crisis que los países avanzados. Sin embargo, dice el banco, se confiaron. Y cuando llegó la pandemia les costó más recuperarse porque tenían menos margen fiscal. Desde entonces, han estado lidiando con un entorno de enorme incertidumbre geopolítica, con bandazos en el comercio mundial y unos balances muy endeudados.

Con este contexto, la institución prevé que el crecimiento en las economías en desarrollo se desacelere este año hasta el 4%, dos décimas menos que en 2025. Y repunte ligeramente una décima el próximo ejercicio a medida que se alivien las tensiones comerciales, se estabilice el precio de las materias primas, mejoren las condiciones financieras y se fortalezcan los flujos de inversión.

Espera, además, un mayor crecimiento en los países de bajos ingresos. Proyecta que crezcan un 5,6% en promedio durante el período 2026-27. Sin embargo, la institución considera que no será suficiente para reducir la brecha de ingresos entre las economías en desarrollo y las avanzadas.

El organismo, creado a mediados del siglo pasado en la conferencia de Bretton Woods, celebrada tras la Segunda Guerra Mundial, advierte de la escasa mejora de los ingresos per cápita en las economías en desarrollo. Calcula que crecerá un 3% en 2026, aproximadamente un punto porcentual por debajo de su promedio del período 2000-2019. Y advierte: “A este ritmo, se espera que el ingreso per cápita en las economías en desarrollo ascienda a unos 6.500 dólares, lo que representa solo el 12% del nivel de las economías avanzadas”. El crecimiento en la década de 2020 no ha sido precisamente la ola que beneficia a todos, sostienen los economistas del BM. “Ha sido, en cambio, una fuente de divergencia en el nivel de vida de las economías de bajos y altos ingresos”, agrega. “La brecha para los países de bajos ingresos es aún más sorprendente: su PIB per cápita es inferior a 700 dólares, aproximadamente el 1% del nivel de las economías de altos ingresos”.

Entre los principales desafíos de los países emergentes está la gestión de la incorporación al mercado laboral de 1.200 millones de jóvenes durante la próxima década. “Superar el desafío del empleo requerirá un esfuerzo político integral centrado en tres pilares: fortalecer el capital físico, digital y humano para aumentar la productividad y la empleabilidad; en segundo lugar mejorar el entorno empresarial, con certidumbre regulatoria; y el tercero movilizar capital privado a gran escala para apoyar la inversión”, sostiene.

El otro gran desafío es la gestión de los déficits y la deuda. “Las economías en desarrollo necesitan reforzar su sostenibilidad fiscal, que se ha visto erosionada en los últimos años por la superposición de shocks, las crecientes necesidades de desarrollo y el aumento de los costos del servicio de la deuda”. M. Ayhan Kose, Economista Jefe Adjunto y Director del Grupo de Perspectivas del Grupo Banco Mundial, señala que: “Con la deuda pública en las economías emergentes y en desarrollo en su nivel más alto en más de medio siglo, restablecer la credibilidad fiscal se ha convertido en una prioridad urgente”. Y prosigue: “Unas reglas fiscales bien diseñadas pueden ayudar a los gobiernos a estabilizar la deuda, reconstruir los márgenes de maniobra de las políticas y responder con mayor eficacia a las crisis”. Los analistas del BM recomiendan el uso de reglas fiscales claras y rigurosas que permitan armar colchones en los tiempos de bonanza para no perjudicar el crecimiento cuando lleguen las crisis.



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