
El gran desafío pasa hoy por Latinoamérica. Autodescartados los EE UU de tantas complicidades recientes, Latam queda como la región del mundo más similar a Europa; la que antes que África, e incluso que Asia, ofrece una porosidad más evidente; y precisamente en ella se escenifica ahora un gran pulso por la hegemonía global: económica y política.
Es un pulso despiadado entre EEUU y China, pero en el que también juega Europa, con similar peso económico a ambos gigantes, parecida influencia y mayor sintonía cultural. El único espacio relevante en que sucede eso.
El golpe de Donald Trump en Venezuela es el momento nuclear de esa triangulación. Lo dijo claro Trump: “EE UU es el jefe de este hemisferio y no vamos a permitir que China, Rusia o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero”. Lo de Rusia e Irán iba de relleno. Más preciso fue su secretario de Estado, Marco Rubio: No vamos a dejar que [Venezuela] se convierta en una base de operaciones para adversarios, competidores y rivales de EE UU”. ¿Incluye en esas categorías a la UE?
La clave de la recolonización económica de Venezuela es excluir a China de ese subcontinente. Y su código se activa con el petróleo, que computa como principal importación china de ese país. La energía producida a partir de combustibles fósiles es el talón de Aquiles del desarrollo chino (y japonés); salvo en el carbón, de escaso futuro por ultra-contaminante.
Lo más significativo no es tanto el crudo producido hoy (de alcance residual en el mercado mundial, por mala gestión y rala inversión de la autocracia chavista), sino el potencial a medio plazo: atesora las mayores reservas del mundo (303.200 barriles/año, en 2024).
Esas reservas, bajo un control “indefinido” de Washington —de otro lado, difícil de garantizar— otorgarían a EE UU una hegemonía mundial aplastante y directa en el mercado petrolero, sumándolas a sus 45.000 barriles domésticos. Superando así de muy largo los 267.000 barriles de Arabia Saudita. Y que en términos de exportación igualarían o superarían el liderazgo de esta (210.600 millones de dólares en 2025), que duplica a EEUU y Rusia (cada cual con 117.000 millones).
Claro que los saudíes no están solos en el Golfo (están Irak, los Emiratos, Kuwait, incluso Irán…), pero sindicarse es arduo y depende de la dirección, o al menos de la influencia del imperio, y de sus contrapartidas como proveedor de seguridad.
El afianzamiento del poder petrolero (y gasista) estadounidense haría a la UE más dependiente (en petróleo de fracking y en gas licuado) de lo que ya viene siendo tras el castigo al suministro de Rusia, por su guerra contra Ucrania. Un reto adicional para los europeos, empeñados en diversificar fuentes y sortear el monopolio ajeno. Aunque un factor de la compleja ecuación serviría en Venezuela como clavo europeo sobre el que mantener puntos de aprovisionamiento: la presencia de la española Repsol —como tenedora de enormes reservas y acreedora del régimen cesante/resucitado— y del grupo italiano ENI.
Para mejorar las cosas dentro de la catástrofe, el voto de los 27 al acuerdo comercial UE-Mercosur (aunque pendiente de su validación por el Parlamento de Estrasburgo), es una noticia extraordinaria, tras 26 años de negociaciones. Debe suponer que la presencia de Europa seguirá, y aumentada en calidad y calidad, en Latinoamérica, como patio hermanado, que no trasero, del viejo continente. Amén de que afianza la urdimbre de una creciente red de tratados comerciales bilaterales. Necesitados de una trama: vincularlos entre sí mediante un plan multilateral.
Es lo mejor que ha podido y sabido hacer Europa en el reventado tablero geoeconómico de este último año. Y es muy bueno.































